Fuster Valiente, cara y cruz de un artista poco comprendido

Juan Antonio Fuster Rosselló, nieto del pintor

Fuster Valiente, mi abuelo paterno, artista, pintor, viajero cultivado, persona muy inquieta y perfeccionista, humanista y gran lector, fue un hombre afortunado aunque perseguido por la fatalidad. El triste sino que, en ocasiones, conlleva el hecho de querer seguir la propia trayectoria frente a la corriente general que arrastra todo lo demás.

Siempre le oí decir que lo peor de los pintores de su época era la falta de cultura, aunque a veces pienso que fue precisamente ella, la cultura, por exceso o por defecto, la que le mantuvo alejado del reconocimiento profesional que hoy, en general, se le reconoce y profesa. Al menos, en determinados círculos.

Casi nunca satisfecho con el resultado de su trabajo, tuvo la suerte de poder seguir su ideario artístico casi hasta el final de sus días, a pesar de haber sufrido mucha incomprensión social y la ausencia de éxito de su obra. No es un secreto que en toda su vida profesional no vendió más de una docena de lienzos.

Fue afortunado por haber nacido en el seno de una familia “noble” a finales del siglo XIX en la isla de Mallorca, quizás una de las zonas más bellas, pero económicamente más deprimidas del Estado español. Agricultura, ganadería y pesca fueron durante siglos las únicas fuentes de riqueza de esta tierra, tremendamente mal repartida desde la Conquista por Jaume I en 1229. En siglos posteriores, las grandes fincas agrícolas, que habían sido adjudicadas a dedo, fueron mal gestionadas por una oligarquía de terratenientes, ajena al devenir de la historia y a la evolución de la economía.

La de los Fuster fue una de esas familias que (mal que bien) gestionaba mucha tierra, pero disponía de poco dinero para enfrentarse a los avatares económicos del siglo XX y a la escasez derivada de dos guerras mundiales, una guerra civil, una dictadura y la posterior revolución social y económica que provocó el turismo de masas.

Siendo cierto que mi abuelo fue afortunado por no haber tenido que pasar demasiadas estrecheces económicas, también lo es que sufrió el estigma de pertenecer a esa vetusta saga de “aristócratas sui generis” en decadencia, tan ajena a la injusticia social como ignorante de su propia ignorancia.

Fue afortunado por haber superado en su tierna infancia una meningitis generalmente mortal, pero incomprendido por haber roto con la tradición familiar siguiendo una carrera de artista que hoy puede parecernos “comprensible” pero que, de hecho, era casi un sacrilegio en la arcaica Mallorca de principios del siglo veinte.

En el seno de las familias como la de los Fuster, el primero de los hijos era el heredero, el segundo estudiaba la carrera militar y el tercero iba al seminario. Las hijas no estudiaban, ni trabajaban. Las más favorecidas casaban bien y las otras permanecían solteras en la casa paterna hasta la muerte.

Fuster Valiente fue, en este sentido, muy afortunado porque, tras la prematura muerte de su padre (Fuster Valiente tenía 15 años) y venciendo dificultades de todo tipo, su familia le permitió estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Palma y trasladarse después a Madrid para aprender arte en la prestigiosa escuela San Fernando (1915/16).

También fue afortunado porque en 1918 pudo casarse “por amor” con Josefa Cuerda Verdaguer, hija de empresarios textiles sorianos y persona de una enorme cultura y sensibilidad artística. Una gran mujer, pero (siempre hubo un pero) sin el “pedigrí” necesario para satisfacer a la familia Fuster, que le regaló un anillo de compromiso con un diamante falso creyendo que, viniendo de dónde venía, no notaría la diferencia.

Cal y arena una vez más que contribuyeron, casi con seguridad, a que el pintor abandonara la “endogámica y culturalmente insana” vida social y familiar de Palma para trasladarse al pueblecito perdido de Deià.

En ese montañoso y minúsculo pueblo de unos 250 habitantes Fuster Valiente fue feliz viviendo en familia y pintando, aún a costa de hacerlo en unas condiciones de precariedad ermitaña, en una casa sin electricidad, sin más calefacción que una chimenea, sin agua corriente y sin un cuarto de baño. Primero ocupó, en régimen de alquiler, las casas de Can Boqueta y, posteriormente, adquirió en pública subasta una pequeña vivienda anexada a las casas de Can Fussimany donde convivió con Josefa (Pepa) y el hijo de ambos, Juan Antonio.

Los años pasados en Deià, más de diez, permitieron al pintor mantener una intensa relación personal y profesional con diversos artistas locales y nacionales como Bartomeu L. Ferrà, Roberto Montenegro, Francisco Bernareggi, William Cook, Clotilde Pascual Fibla, y Sebastià Junyer, pintor catalán afincado en Llucalcari, el cual ejerció sobre él una influencia notable.

En el pueblo mantuvo asimismo una estrecha amistad con el gran pintor Antonio Gelabert que también vivía allí precariamente y regentaba una pequeña barbería en la que finalmente se quitó la vida. La historia de cómo Gelabert llegó a este extremo ha generado multitud de escritos y en la mayoría de ellos se responsabiliza a Fuster Valiente. Le acusan de haber traicionado (“maniobras subterráneas”, mencionan) a su amigo en la oposición para obtener la plaza de conservador del Museo de Bellver a la que ambos optaban en 1932.

Mi padre, que en su infancia también conoció a Gelabert, me comentó en varias ocasiones que en su casita de Deià, en Can Fussimany, siempre había un plato en la mesa por si Antoni Gelabert venía a comer. En palabras de mi padre, Gelabert era un “hombre enfermo, muy atormentado, que sufría una depresión emocional, en ocasiones muy fuerte. Era muy difícil ayudarle”.

José Carlos Llop en “La ciudad sumergida” dice que la vida del enorme pintor que fue Gelabert “es la historia de un fracaso que oscila entre las atávicas reglas de una sociedad cerrada y un carácter castigado por la abulia y el temor a ese mismo fracaso, (…) era un hombre que conocía sus debilidades, pero no la forma de evitar que le dañaran, (…) un hombre ‘en definitiva’ jibarizado por la ciudad”.

El suicidio provocó todo tipo de rumorología (el poder de los ricos y la miserable fatalidad de los pobres con talento… ) en torno a la responsabilidad de Fuster Valiente en este trágico desenlace que el propio pintor lamentaría profundamente hasta sus últimos días de existencia.

Una nueva carga en la mochila vital de mi abuelo, cuya reputación quedó en entredicho incluso muchos años después y aún lo es en la actualidad. Recuerdo que siendo yo un mozalbete preuniversitario, que frecuentaba Deià a finales de los 60, Robert Graves me dijo una tarde, como quien no quiere la cosa: “Tu eres nieto de Fuster Valiente… interesante… ¿sabes que tu abuelo fue el responsable de la muerte del pobre Gelabert?”.

Tal cual. Me quedé tieso y aún tengo el remordimiento de no haber sabido responder adecuadamente a un gran poeta con la inteligencia emocional de un mosquito.

Como sea, en los agitados años previos a la guerra civil, la polémica plaza de conservador del Museo de Bellver duró muy poco y en el año 1935 Fuster Valiente ya daba clases de arte en la Escuela de Artes y Oficios. Poco después de finalizar la sangrienta contienda se desplazó a Palma a vivir.

En el verano del 1945 murió de enfermedad repentina, fulminante, Josefa Cuerda Verdaguer, su querida esposa, mientras hacían una estancia en las casas de Can Bauma (Alcúdia / Pollença), finca agrícola propiedad de la familia Fuster. La escasez de penicilina y las precarias comunicaciones terrestres entre Palma y el otro extremo de la isla, fueron las principales causas de que la medicación no llegara a tiempo para poder salvarle la vida.

Nuevo mazazo en la vida de Fuster Valiente. La muerte de Josefa le sumió en un profundo abatimiento, de manera que apenas se conoce obra pictórica, ni exposición alguna entre 1945 y 1947.

Cuatro años después, en 1949 conoció en Valldemossa a Adi Solveig Enberg, antigua compañera del escritor Josep Pla. Hija del cónsul de Noruega en Barcelona, Adi pasó la mayor parte de su vida en Cataluña y murió en la ciudad condal. Hablaba catalán y cinco idiomas más. En 1951 se casaron en París.

El carácter civil del matrimonio y las circunstancias culturales y sociales que se vivían en la isla en los primeros años de la posguerra les “obligaron” a enfrentarse a una realidad hostil. Abandonaron por ello Baleares y fijaron su residencia permanente en Cataluña. Tan cerca y tan lejos. Primero se instalaron en Begur y, más adelante, en Sitges.

En 1954, abrieron en Sitges la Residencia Victoria, cuya dirección ocupaba una gran parte del tiempo del artista, si bien nunca dejó del todo la pintura.

Cada año, al llegar noviembre, cerraban el hotelito y emprendían un programado y largo viaje de más de un mes y algo de duración, bien por España, o por Europa. Su estímulo residía en conocer de primera mano obras de arte, museos, ciudades, arquitecturas, y vanguardias que, en cierta manera, les redimían de las tareas materiales de hostelería.

Ya a mediados de diciembre venían a Palma y se hospedaban durante toda la época navideña en casa de su hijo Juan Antonio.

Mi recuerdo de aquella época es magnífico. Adi y mi abuelo eran puro aire fresco que entraba en la casa y afectaba de forma singular nuestras rutinas. Íbamos a recogerlos al aeropuerto de Son Bonet. Bajaban del cuatrimotor a pie, muy abrigados, con bonitas bolsas de equipaje. Ambos eran elegantes y algo estrafalarios para la Mallorca de los años 50. Hablaban bajito, Adi mezclaba idiomas con dulzura y nos contaba anécdotas e historias de un mundo exterior inimaginable para nuestras infantiles mentes provincianas.

Pocos días antes de Navidad, Fuster Valiente pintaba los cristales de las ventanas del piso de San Jaime con motivos navideños y al llegar Reyes nos obsequiaban regalos poco convencionales para la época: un guiñol, una caja de lápices acuarelas Caran d’ache, bonitos libros de cuentos de Grimn o de Andersen, o un montón de billetes nuevos de peseta que colgaban con hilos muy finos de las lámparas de la sala. Un mundo de fantasía, de viajes, de cultura se abría cada año ante nuestros ojos.

Siguiendo la tónica que marcó su vida, Fuster Valiente fue, en esos últimos años de la década de los 50, un hombre parcialmente afortunado. Una querencia interior le conducía temporalmente hasta nosotros, su familia, su isla, su tierra, donde había realizado la mayor parte de su obra pictórica, pero, a las pocas semanas, la otra cara de la moneda, la de la realidad, la de la estulticia local y la de los amargos recuerdos, le obligaba de nuevo a marcharse de Mallorca justificando de esta manera el contenido de la carta que remitió a su hijo en 1949 y que decía lo siguiente: “Es también mi deseo no permitas ninguna exposición póstuma de mis cuadros. No te obligo a que destruyas todas mis obras, aunque éste sería mi deseo. He sufrido demasiado en la vida y no quiero después de muerto honores de ninguna clase”.

Esta página web, que Txema González nos ha ayudado (quiero decir a mi hermano Jorge y a mi) a sacar a la luz pública, no pretende ser una exposición póstuma de sus obras, ni contraviene el mencionado deseo final de Fuster Valiente. No se trata de eso.

Se trata simplemente de hacer un poco de justicia a la obra de un artista fatalmente reconocido en su propia tierra.

Hacer justicia por una parte y, por otra, saldar una vieja deuda con mi abuelo.

Una deuda que contraje en esas entrañables navidades de los años 50 que, en cierta forma, han sido referentes constantes y han contribuido a marcar algunas de las mejores líneas maestras de mi vida.

 

Retrato de Fuster Valiente realizado por William F. Cook en 1948.

 

Fuster Valiente con su esposa Josefa Cuerda Verdaguer.

 

Fuster Valiente, a la derecha, en un retrato familiar.

 

Pasaporte familiar, 1924

 

Fuster Valiente en su madurez.

Fuster Valiente, en su madurez.

 

Adi Enberg, a la derecha, con una amiga en Madrid

Adi Enberg, a la derecha, con una amiga en Madrid.

 

Manuscrito de Fuster Valiente.

Manuscrito de Fuster Valiente, 1949. Carta dirigida a su hijo.

 

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