Aire francés

Don Lluis Ripoll, periodista y académico de Bellas Artes de San Sebastián, en el periódico La Almudaina (1947):

“Su pintura estaba ya alejada de todos los ismos, tanto como de la pintura tradicional. Sólo un ligero acento francés (FV estuvo en París en su juventud) permanece muy apto para su proyección en lo universal. FV presenta una obra muy completa, sólida. De sus coloraciones pálidas pasa a las atrevidas en sus últimas “Notas de Feria”; de sus temas del Mollet de clásica raigambre se nos va a cuadros sobre temas semi urbanos, que le alejan para siempre del tópico y le acreditan de factura actual; de la complicada geometría de Astilleros y de la curva recia de las cuadernas, retorna a las líneas elementales de los edificios modernos. Y conforme pasan los días y los años FV nos demuestra cuánto se puede lograr cuando estas valoraciones están conjugadas y dosificadas … Armonía y afinidad grande de los colores, ponderación de los volúmenes, distribución de las masas y, en el fondo todavía, el recuerdo de ese aire francés que FV recogió hace años y que luego traspasó a la geometría de sus dilectos del mar”.


También Lluis Ripoll escribía los siguiente en el Día del Mundo en 1994:

La Odisea del pintor en la Feria. Comencemos por el de más edad. Por Juan Antonio Fuster Valiente, pintor de recia y discutida personalidad, hombre poco inclinado a exponer su obra que guardaba celosamente en su estudio de la calle palmesana de San Jaime en donde recuerdo por deferencia del pintor, en su conjunto, pude contemplar. Allí estaban sus grandes lienzos, con temas del Jonquet y el muelle de Pescadores, pero también cuadritos de temas urbanos. Uno que le subyugaba era el del Ram, la Feria de Ramos por aquellos días de 1944 o tal vez 1945, estaba instalada en parte frente al edificio de la Escola de Artes y Oficios.

Y este hombre tan recatado, tan poco inclinado a mostrar su arte, incomprensiblemente estaba instalado allí, tras su caballete, frente a la noria y a los caballitos, pintando.

Pronto los mirones fueron numerosos. Para pintar en aquel lugar, a las cinco o las seis de la tarde se necesitaba, (y en el caso de Fuster Valiente más) una vocación a toda prueba. Chiquillos que se empujaban, criadas que se quedaban largo rato con la boca abierta y soldados haciendo comentarios de toda clase.

Y en eso estábamos cuando se presenta un feriante que, abriéndose paso a codazos, como pudo, se mete en el grupo y espeta al pintor:

-“Senyor ¿vos sou pintor?”.

-“Ja ho veis” le contesta el artista

-“Idó ¿que me pintarieu un lletrero que me falta per sa meva caseta?”

La anécdota, de por sí, ya es buena y suficientemente graciosa para recordarla, pero no fue la mejor de aquel día porque acto seguido comparecieron unos cuantos observadores más. Miran y remiran la posteta en la que está trabajando el artista, luego el tema, la gran noria con su gran rueda, y finalmente cuchichearon entre. Y dice uno:

-“M’agrada. Esperem un poc perque l’acabi i llavors el rifarà”.

- ¿De debó?, dice el otro.

- “Es clar homo. Sino ¿per qué el pintaría?

 

 

 

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